Y LUEGO NOS DICEN A NOSOTRAS....

Diario Correo
4 de Julio de 2005
El secreto que nos une
Preocupado por el tamaño creciente de mi barriga, y cansado de los comentarios maliciosos o burlones que ella provocaba, decidí ponerme a dieta. Tenía que bajar por lo menos diez kilos para recuperar la delgadez perdida. La dieta de monje anacoreta que me impuse sin consultar a ningún experto o charlatán consistía en desayunar un jugo y una fruta, almorzar una ensalada con pollo y cenar un pescado al horno. No podía comer nada más. Me tenía prohibido probar un chocolate o un helado. Naturalmente, sufría. Pensaba en dulces todo el día. Pero estaba bajando de peso. Nada más llegar a Lima y confirmar subido en la balanza que había perdido ya un par de kilos, mis hijas me pidieron que las llevase al supermercado a comprar comida para sus animales. Acepté, encantado. Caminaba empujando el carrito con las compras cuando una señorita uniformada me ofreció empanadas de jamón y queso. Le dije que estaba a dieta, pero ella, terca, encantadora, insistió con una gran sonrisa y me rogó que las probase. No quise hacerle un desaire. Aproveché que mis hijas estaban distraídas mirando no sé qué y, a sus espaldas, engullí dos empanaditas crocantes. Rompí la dieta, pero fue delicioso. Supe entonces que ya era demasiado tarde para seguir mintiéndome: nunca volvería a ser flaco. Un poco más allá, otra chica ataviada con un buzo colorido y bien ajustado se acercó con una bandeja y me ofreció salchichas de pollo. Mandé a mis hijas a traer leche y, sin que ellas me vieran, probé deprisa las salchichas. Tras agradecerme, la chica me dijo que sus salchichas no engordaban, así que le tomé la palabra y tragué dos o tres más. Me sentí un poco culpable, pero la dieta me estaba matando y tenía que darme una tregua. Además, la comida era regalada y no podía desairar a las lindas jovencitas que me la ofrecían. En otra sección del supermercado, mientras mis dos hijas elegían la comida para sus gatos, sus conejos, sus cacatúas, sus perros y sus tortuguitas bebés (pequeño zoológico cuya alimentación, sumada a los cuidados de la veterinaria, me costaba más de lo que me costaría alimentar, vestir, entretener y educar a un tercer hijo), fui invitado a probar unos ricos tamales de pavita. Desde luego, no me hice de rogar y di cuenta de ellos sin demora. Enseguida, una chica amabilísima me ofreció su bandeja con pedazos de turrón de Doña Pepa y no le hice ascos, como tampoco decliné su cordial sugerencia de que repitiera tan rico turrón. Nunca había disfrutado tanto de una visita al supermercado. Sin gastar un centavo, había probado pequeñas porciones de tamales, salchichas, empanadas y turrón de Doña Pepa.Cuando llegamos a casa, respeté calladamente la dieta y no conté a nadie mis desmanes en el supermercado. Pero nunca esperé con tanta impaciencia volver a hacer las compras familiares. A la mañana siguiente, después de desayunar un jugo de naranja y una miserable manzana, dejé a las niñas en el colegio y corrí al supermercado con una alegría del todo desacostumbrada para mí. No había nada urgente que comprar, pero me moría de hambre. Apenas me vieron, las señoritas uniformadas se acercaron con sus bandejas de cortesía y me devolvieron a la felicidad en estado puro. Así fui probando huevitos de codorniz, hamburguesas en miniatura, tostadas con queso fresco, tortillas con salsa de guacamole, minipizzas, leche chocolatada, galletas de pasas y avena y otros productos recién lanzados al mercado, cuya degustación me fue requerida y a la que accedí gustoso y algo goloso. Me di un atracón de pequeñas exquisiteces dulces y saladas, no pagué nada y nadie en mi casa se enteró de ello. Para despistar a las cajeras del supermercado, compré un par de cosas inútiles y me marché encantado. Así pasé varios días en Lima, fingiendo ante mis hijas que respetaba esa dieta austera y odiosa y visitando el supermercado con una pasión inexplicable, sólo para entregarme a escondidas a comer desenfrenadamente todo lo que me ofreciesen las señoritas uniformadas y tan coquetas. Alarmadas, mis hijas me hicieron notar que, a pesar de la dieta, había vuelto a subir de peso. Yo me hice el sorprendido, lo atribuí a un problema hormonal o de tiroides y juré con cinismo que estaba respetando estrictamente la dieta. Sólo las chicas del supermercado sabían la verdad. Ante ellas podía ser yo mismo, romper la dieta y tragar como un condenado, y no por eso ellas dejaban de quererme y ofrecerme más cositas ricas.Unos días después, un vigilante del supermercado me impidió entrar al local. Cuando protesté y le pedí que me diera una razón, me dijo secamente:-Usted no viene a comprar, señor Jaime. Usted viene a tragar gratis. Lo lamento, pero son órdenes superiores.Me sentí desolado, volví a casa y me resigné a respetar esa dieta de una crueldad inhumana. Recién entonces empecé a bajar de peso. Mis hijas celebraron que por fin estuviese adelgazando, pero mi humor se tornó mustio, sombrío, melancólico, pues pensaba obsesivamente en las bandejas de cortesía con tantas cosas ricas que me estaba perdiendo en aquel supermercado que ahora me tenía por indeseable. Sin embargo, una noche me llamaron al celular. Era una de las chicas amorosas del supermercado. Se llamaba Guadalupe y era algo gordita. Quería verme. Nos citamos en un parque de Camacho. La busqué puntualmente, subió a la camioneta y me contó que la habían despedido del supermercado por comerse cosas indebidamente, que me extrañaba, que ella también estaba a dieta pero que comía mucho a escondidas porque comer cosas prohibidas era un placer que tal vez yo, tan dado a la degustación indiscriminada y gratuita, podía comprender. Sentí que había encontrado mi alma gemela. Nos besamos apasionadamente, nos dijimos cosas inflamadas y no dudamos en correr a otro supermercado para comer un montón de cositas ricas en bandejas de cortesía. Guadalupe y yo nunca seremos flacos, es cierto, pero poco nos importa, pues nos amamos, comemos gratis y somos felices. Y en nuestras casas nadie sabrá nunca el delicioso secreto que nos une. Jaime Bayly